Vise II - LecturasLA VOCACIÓN DOCENTE
Diego GRACIA - Universidad Complutense de Madrid
Resumen: El docente, maestro o profesor, es la persona que forma, ayudando a sacar del interior de cada uno lo mejor que lleva dentro. Esto no se puede hacer ni imponiendo, ni simplemente informando, sino razonando, dialogando y deliberando, como hizo Sócrates, lo que requiere que el docente haga «carne de su carne» lo que quiere enseñar.
Hace meses me llamaron del Ministerio de Educación y Ciencia para pedirme la organización de un curso de formación del profesorado de Enseñanza Media sobre bioética. Tardé muy poco tiempo en decidirme, a pesar de que había bastantes razones para que mi respuesta fuera negativa. Me decidí porque tengo una profunda admiración hacia todos los tipos y niveles de docentes y porque considero que en nuestra sociedad están mal tratados.
Quiero explicarme. Los profesores tenemos una enorme responsabilidad, la de formar las mentes y las personalidades de las jóvenes generaciones, de lo que van a ser esas personas en su vida, y, por tanto, también de lo que va a ser este país. Y mi impresión es que este altísimo cometido, en el que la sociedad se juega buena parte de su futuro, no está debidamente reconocido ni recompensado. Ser profesor es casi heroico. No sólo por el bajo salario y la alta dedicación que el asunto exige, sino también, y quizá principalmente, por la falta de estima social. Vengo diciendo desde hace muchos años que el verdadero Ministerio de Economía, entre nosotros, tendría que ser el Ministerio de Educación. El motivo es muy simple: al proceso económico nosotros no podemos aportar capital financiero, ni tradición industrial, ni tampoco capacidad inventiva o investigadora. Lo único que podemos aportar es mano de obra, capital humano. Y nuestra gran aspiración tiene que ser, por ello, que esa mano de obra sea cualificada, que se halle perfectamente formada. Este país no tiene casi otro capital que su capital humano. Y ese está en manos de los docentes.
Permitidme que hable con una cierta pasión de este oficio, que es el vuestro, pero que también es el mío. Soy hijo de maestros. Tanto mi padre como mi madre fueron maestros nacionales del Plan profesional de Marcelino Domingo. Y yo llevo toda mi vida dedicada a este menester. Suelo decir que me dedico a esto porque creo en ello, porque pienso que ésta es la manera que yo creo eficaz de trabajar por un mundo mejor. Si creyera que las vías eran otras, quizá hubiera intentado ser, por ejemplo, político. Pero no es así. He creído y sigo creyendo que los seres humanos y los países se construyen y se destruyen en las aulas. Y que por eso los profesores tenemos una enorme responsabilidad.
Quiero referirme a un tema que cada vez considero más importante. Se trata de un vocablo viejo y casi en desuso, el de vocación. Hoy no puede subsistir en el mundo de la enseñanza más que la persona con una vocación a toda prueba. La vocación no es un propósito, ni un proyecto. Es algo previo a todo eso. Es algo que se nos impone desde dentro de nosotros mismos con fuerza irresistible, de modo que si no lo seguimos frustramos nuestra vida.
Ortega dedicó a este tema páginas muy bellas. Distingue entre lo que uno «es», lo que «debe ser» y lo que «tiene que ser». La vocación es esto último. Ortega lo identifica también con el término alemán Bestimmung, que significa destino. Pero no el destino externo e impuesto por la propia naturaleza, que a eso lo llama el alemán Schicksal, sino el destino íntimo, eso que «tenemos que llegar a ser» si es que de veras queremos ser sinceros con nosotros mismos. En Pidiendo un Goethe desde dentro, escribe: «La cosa es terrible, pero es innegable; el hombre que tenía que ser ladrón y, por virtuoso esfuerzo de su voluntad, ha conseguido no serlo, falsifica su vida. No se confunda, pues, el deber ser de la moral, que habita en la región intelectual del hombre, con el imperativo vital; con el tener que ser de la vocación personal, situado en la región más profunda y primaria de nuestro ser.»
Puestos ya a citar a Ortega, permitidme que eche mano de otro texto suyo, «Misión del bibliotecario». Fue una conferencia que tuvo que dar ante el Congreso Internacional de Bibliotecarios que tuvo lugar en Madrid el año 1935. A Ortega le dieron la conferencia inaugural y le pusieron el título. Él confiesa al comienzo que el término «misión» «le asusta un poco». Y lo aclara: «Misión significa, por lo pronto, lo que un hombre tiene que hacer en su vida. Por lo visto, la misión es algo exclusivo del hombre. Sin hombre no hay misión. Pero esa necesidad a que la expresión “tener que hacer” alude, es una condición muy extraña y no se parece nada a la forzosidad con que la piedra gravita hacia el centro de la tierra [esto sería Schicksal]. La piedra no puede dejar de gravitar, mas el hombre puede muy bien no hacer eso que tiene que hacer [esto es Bestimmung]. ¿No es esto curioso? Aquí la necesidad es lo más opuesto a una forzosidad, es una invitación. ¿Cabe nada más galante? El hombre se siente invitado a prestar su anuencia a lo necesario. Una piedra que fuese medio inteligente, al observar esto, acaso se dijera: “¡Qué suerte ser hombre-Yo no tengo más remedio que cumplir inexorablemente mi ley: tengo que caer, caer siempre…
En cambio, lo que el hombre tiene que hacer, lo que el hombre tiene que ser, no le es impuesto, sino que le es propuesto. Pero esa piedra imaginaria pensaría así porque es sólo medio inteligente. Si lo fuera del todo, advertiría que ese privilegio del hombre es tremebundo. Pues implica que en cada instante de su vida el hombre se encuentra ante diversas posibilidades de hacer, de ser, y que es él mismo quien bajo su exclusiva responsabilidad tiene que resolverse por una de ellas. Y que para resolverse a hacer esto y no aquello tiene, quiera o no, que justificar ante sus propios ojos la elección, es decir, tiene que descubrir cuál de sus acciones posibles en aquel instante es la que da más realidad a su vida, la que posee más sentido, la más suya. Si no elige ésa, sabe que se ha engañado a sí mismo, que ha falsificado su propia realidad, que ha aniquilado un instante de su tiempo vital, el cual, como antes dije, tiene contados sus instantes.»
La cosa, dice Ortega, es «estupefaciente». Y añade este párrafo: «Esta llamada que hacia un tipo de vida sentimos, esta voz o grito imperativo que asciende de nuestro más radical fondo, es la vocación. En ella le es al hombre, no impuesto, pero sí propuesto, lo que tiene que hacer. Y la vida adquiere, por ello, el carácter de la realización de un imperativo. En nuestra mano está querer realizarlo o no, ser fieles o ser infieles a nuestra vocación. Pero ésta, es decir, lo que verdaderamente tenemos que hacer, no está en nuestra mano. Nos viene inexorablemente propuesto. He aquí por qué toda vida humana tiene misión. Misión es esto: la conciencia que cada hombre tiene de su más auténtico ser que está llamado a realizar. La idea de misión es, pues, un ingrediente constitutivo de la condición humana, y como antes decía, sin hombre no hay misión, podemos ahora añadir: sin misión no hay hombre.»
El ejemplo paradigmático de esto lo constituye Don Quijote. Es difícil hablar de El Quijote aquí, en El Escorial, y no recordar de nuevo a Ortega, que aquí escribió sus Meditaciones de El Quijote. Alonso Quijano tuvo un ser y un deber ser. Era un hidalgo manchego, y, según cuentan las crónicas, una buena persona, éticamente intachable. Sus paisanos le llamaban «Alonso Quijano el bueno». Sin embargo, al rondar los cincuenta años, siente la imperiosa necesidad de salir por el Campo de Montiel a reformar el mundo. Quiere transformar la edad de hierro en que vive en una nueva edad de oro. No es que quiera hacerlo, es que tiene que hacerlo. Por eso hizo locuras. Todo el que sigue un ideal hace locuras. Pero hacer locuras es cualquier cosa menos estar loco. Para hacer locuras hay que estar muy cuerdo. Y Don Quijote se nos convierte así en el paradigma del hombre con «vocación», del ser humano que se cree con una «misión» que cumplir.
No hay duda que para ser profesor se requiere hoy una alta dosis de vocación. Todo maestro o profesor tiene algo de Quijote. Pero sólo algo, al menos hoy. Y es que el maestro tradicional ha utilizado muchas veces para imponer sus propias reglas e ideas la fuerza, unas veces física, como Don Quijote, y otras psicológica o social. La enseñanza ha sido durante la mayor parte de nuestra historia «adoctrinamiento» o «indoctrinación». Los dos términos proceden del sustantivo abstracto latino doctrina, derivado del verbo doceo, que suele traducirse por enseñar. Doceo, a su vez, traduce el griego dokéo, creer, parecer, de donde procede el sustantivo dóxa, opinión, creencia. Esas opiniones constituían los llamados tópoi o loci communes, que eran los que el maestro debía transmitir a sus discípulos. Por supuesto, no se trataba de razonar, ni de discutir; se trataba de indoctrinar o adoctrinar, de hacer que las nuevas generaciones conocieran el depósito de tópicos o lugares comunes, la doctrina. Quien la conocía pasaba a ser doctus, instruido, a diferencia del indoctus, ignorante. Y quien se dejaba adoctrinar era el docilis. Del alumno no se esperaba otra virtud que la docilidad.
Recordando todo esto alguno de vosotros exclamará con Cicerón: Oh tempora, oh mores! Y es que las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos. La antítesis de ese modelo dogmático e impositivo lo constituye el modelo liberal moderno, en el que la libertad ha pasado a ser el valor máximo, que además actúa como protector de todos los demás (ése es el sentido de la «libertad de conciencia» como derecho humano, que, como es bien sabido, empezó a cobrar carta de naturaleza ya bien entrado el mundo moderno, en el siglo XVII). De esta forma el docente se ve incapaz de «educar», es decir, de conducir al joven. Nuestra cultura ha aceptado como principio que lo único que interesan en el proceso formativo son los «hechos», que los «valores» son subjetivos y dependen de cada uno, y que sobre ellos no cabe discusión posible. Más aún, hablar sobre ellos se considera, las más de las veces, de mala educación. En el mundo de los valores es preciso conservar la más estricta «neutralidad». Frente al indoctrinamiento, la neutralidad. Es bien sabido que hace décadas hubo todo un movimiento internacional de enorme éxito entre los profesores de enseñanza media, llamado Values clarification. La función del profesor es «informar», nada más. En lo demás, el profesor debe ser neutral.
Estos dos modelos funcionan como tesis y antítesis. Y a nadie se le oculta que es necesaria una síntesis. Y esa síntesis no puede venir más que de un modelo que no busque el indoctrinamiento ni la mera información, sino la formación. Ese modelo no puede ser más que socrático. Se trata de sacar del interior de cada uno lo mejor que lleve dentro. Se trata de dar a luz eso que cada uno tiene que ser, por seguir con los términos propuestos por Ortega, y que constituye lo mejor de nosotros mismos. Esto no se puede hacer imponiendo, ni tampoco simplemente informando de hechos. Esto no puede hacerse más que razonando, dialogando, deliberando. Éstos son términos que habría que analizar despacio, cosa que ahora no podemos. Pero al menos cabe decir una cosa, y es que este método exige que el profesor haga carne de su carne eso que quiere enseñar, y que el alumno actúe por mímesis, imitando lo que hace el profesor, es decir, rehaciendo en su interior la propia experiencia que el profesor le transmite. No hay otro modo de enseñar, enseñar de veras, que éste. Lo demás es pura erudición.
Esto es lo que hizo Sócrates. Pero por no ir tan atrás, esto es lo que en la filosofía contemporánea nos enseñaron a hacer los fenomenólogos. No se aprende filosofía, se aprende a filosofar. Esto, que hoy es un tópico, significa algo tan importante como que la filosofía tiene que rehacerla cada uno desde cero, desde el origen, en el interior de sí mismo. Lo demás, decía Zubiri, es pura erudición. Y añadía: «Se pueden escribir toneladas de papel y consumir una larga vida en una cátedra de filosofía, y no haber rozado, ni tan siquiera de lejos, el más leve vestigio de vida filosófica. Recíprocamente, se puede carecer en absoluto de “originalidad” y poseer, en lo más recóndito de sí mismo, el interno y callado movimiento del filosofar.»
Ésta si es una gran misión, un destino que merece la pena. Esto sí es una vocación que tira de nosotros, que se nos impone de modo imperativo. Esto ilusiona, enamora, suscita en nosotros lo que se ha llamado el «eros pedagógico». Platón, en el Banquete, habla así por boca de Diótima: «[El maestro] debe tener por más valiosa la belleza de las almas que la de los cuerpos, de tal modo que si alguien es discreto de alma, aunque tenga poca lozanía, baste ello para amarle, mostrarse solícito, engendrar y buscar palabras tales que puedan hacer mejores a los jóvenes» (Banq 210 b-c). Es el famoso «eros pedagógico», básico en la vida de un profesor, es decir, de quien ha hecho de la educación de los jóvenes la profesión de su vida. El eros pedagógico es la otra cara de la vocación. Sólo quien hace las cosas con verdadera y profunda vocación tendrá profundo amor a eso que hace. Sólo él irá al trabajo henchido de las tres virtudes teologales, la fe, la esperanza y el amor. La docencia no puede hacerse sin amor, sin dar amor y sin recibir amor.
Tomado y adaptado de www.rcumariacristina.com/wp.../IV-DIEGO-GRACIA.pdf
ok, but what do you think??
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